lunes, 7 de julio de 2008

EL MOVIMIENTO DEL ALFIL

La luz acabó  por consumar la tragedia

 

No dudamos del impacto del rescate militar de los secuestrados y de sus consecuencias políticas, al igual que lo pensamos en su momento con el colapso de las torres gemelas hace unos años y el empecinado discurso global que campa y se aprueba alrededor del mundo de la seguridad en clave democrática y del refinamiento del control vía el psiquismo más sutil y rayano con la perversidad y la manipulación de los miedos y las esperanzas. Nos negamos a cualquier situación que vulnere las condiciones de movilidad y de libertad, al igual que nos parece abyecta y reprochable cualquier forma de atentado a la vida por medio de cualquier finalidad carismática, nacionalista y altruista. Nos negamos a cualquier tipo de censura, secuestro y aniquilamiento de la libertad de expresión y circulación. Es objetable cualquier intento que atente a la diáspora vital y a la singularidad en movimiento.

Entre otras cosas, de lo que sí sospechamos, es del trato que realizan los medios masivos de comunicación a este acontecimiento que linda con el sensacionalismo, el patriotismo y un confesado presidencialismo. La polarización se hace cada vez más álgida y la normalización de la violencia más espeluznante. La vocación radicalmente obtusa del gobierno colombiano es tal vez partícipe de esta condición extrema por resolver las contingencias inveteradas e históricas a través de un talante que deja muchas intuiciones, en tanto la fragilidad institucional que viene viviendo el país en los últimos meses, y que no deja de plantear interrogantes que afloran en tiempos donde la diferencia es tachada de terrorista, y las tácticas políticas del gobierno colombiano imprimen un aire del todo vale a sus preguntas improrrogables en la limitada agenda pública, de acabar con el peor mal que asedia la vida de los colombianos, llamado guerrilla. La distancia, la crítica, el pensamiento y la creación, son genuinamente los aspectos que brillan por su ausencia en los debates, ruedas de prensa, emisiones radiofónicas, especiales televisivos, asunto que resulta sensible en el instante de cubrir un acontecimiento como el que presenciamos por estos días, el del rescate militar de los secuestrados.

Es necesario acoger la noticia incitando a análisis complejos que resulten instalando más preguntas que respuestas; más sorpresa que aquiescencia. Lo que pasa es que ante tal vertiginoso cubrimiento que expresa de cierta manera un corte melodramático de lo que se nos presenta como noticiable, queda por fuera el pensamiento que por fortuna no acaba por subsumirse a los embates de las imágenes y las ediciones. Urgente es pues repensar lo que nos está pasando en clave de las indiscutibles cuestiones, que sin lugar hasta el momento, buscan abrir el espectro de tendencias y matices a lo que aún vela como extraordinario, frente a tan prolongados exabruptos con que nos vemos confrontados día a día.

Herbert

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